Pre-impacto.
Si hubiera sabido que el desierto era tan caliente y lleno de
cadáveres, no lo habría cruzado nunca. No era un desierto, era un
cementerio", cuenta A.N., un senegalés de 18 años. En su travesía hacia
Italia, asegura, el vehículo en el que viajaba se estropeó y él y sus
compañeros de viaje quedaron sin comida ni agua durante un par de días.
"Pensé que habría muerto allí". I.H., un somalí de 30 años, llegó a
Europa por otro camino, pero su relato es muy parecido. No consigue quitarse de
la cabeza la imagen de los cadáveres que se cruzó al recorrer las 370 millas
marinas que separan Bengasi, en Libia, de Sicilia. Sus testimonios son algunas
de las más de 2.600 voces de migrantes que desde el África subsahariana
emprendieron un peligroso viaje hacia Europa y que confluyen en el mapa
interactivo Esodi (Éxodos), realizado por la ONG italiana Medici per i Diritti
Umani (MEDU, Médicos por los Derechos Humanos).

El mapa es fruto de un trabajo
empezado en 2014 con parte de la población de 900.000 personas desembarcadas en
las costas italianas a lo largo de los últimos 16 años. Al menos 20.000
migrantes desde 2002 no han tenido la misma suerte y han sido tragados por el
Mediterráneo. A esta macabra cifra se añaden las víctimas y los detenidos
durante el cruce del desierto del Sáhara, cuyo número exacto se desconoce.
Entre los testimonios recogidos
por MEDU, en su mayoría de hombres de edad media de 26 años, hay también los de
205 menores. El servicio militar obligatorio y de duración indeterminada es lo
que empujó a la fuga a la mayoría de entrevistados provenientes del Cuerno de
África, sobre todo de Eritrea.
Las razones a la raíz de la huida para los
ciudadanos de la zona subsahariana occidental, en cambio, son variadas,
encabezadas por la persecución política, mientras que apenas un 9% de entre
ellos apuntó a motivaciones económicas. La principal ruta migratoria para
alcanzar las costas italianas desde el África occidental pasa por Níger y
Libia. Este viaje suele durar unos 20 meses, incluyendo paradas de más de un
año en Libia. Los migrantes que salen del Cuerno de África, en cambio,
atraviesan Sudán y Libia, empleando en media 15 meses.
Impacto:
Tras el
incremento de los controles en la ruta entre Níger y Libia, un número creciente
de migrantes se dirige hacia Argelia. M.J., originario de Gambia de 22 años,
pasó algunos meses en Tamanrasset, trabajando en la construcción para ganar el
dinero necesario para seguir el viaje rumbo a Europa. "Trabajábamos muchas
horas y no nos pagaban, así que decidí protestar", recuerda. "El
empleador me golpeó la cabeza con un bastón y no me llevó al médico.
Prácticamente, ya no puedo ver por un ojo". El tramo de desierto entre
Agadez (Níger) y Sabha (Libia) se ha ganado el apodo de "carretera hacia
el infierno". Durante el viaje, que suele durar entre tres y seis días y
puede costar unos 200 euros, los migrantes viajan a bordo de furgonetas
abarrotadas gestionadas por traficantes de seres humanos. Los que han
experimentado esta travesía revelan que es frecuente ver a personas morir tras
caer por la elevada velocidad del vehículo o abandonadas entre las
dunas.Muertos en el Mediterráneo central. (Fuentes: ACNUR y OIM) "Hui de
Senegal, porque habían matado a mi familia y temía que podía pasarme lo
mismo", dice C. N. D., de 21 años. Llegó a Sabha tras un viaje de 12 días,
donde fue vendido. "Los negros éramos víctimas de tortura para que
nuestras familias enviaran dinero. Nos quemaban con plástico o nos destinaban a
los trabajos forzados". C. N. D. logró escapar, pero pronto acabó en una
cárcel privada. La posibilidad de ser secuestrados o detenidos durante el paso
por Libia, Níger o Sudán son muy elevadas, alerta MEDU. Los migrantes están
expuestos a privación de comida y agua, pésima condiciones higiénico-sanitarias
y palizas, entre otras vulneraciones. Los testimonios recogidos hablan también
de tortura por suspensión u otras posturas estresantes, quemaduras y abusos
sexuales. Nueve migrantes de cada 10 declararon haber visto a alguien morir,
ser matado, torturado o golpeado de forma brutal.
POST-IMPACTO: "Nuestro
chófer intentó distintas carreteras en el desierto para evitar los controles,
pero se perdió", relata C. A., senegalés de 27 años. "Se detuvo y nos
abandonó allí, sin agua ni comida. Algunos de nosotros se alejaron a pie: nunca
jamás volvieron". C. A. vio a ocho de sus compañeros morir. "Para
sobrevivir, empezamos a beber perfumes y orina. Me estaba volviendo loco y
empecé a ver cosas que no eran reales". De las 34 personas que viajaban en
ese grupo apenas cuatro sobrevivieron. "Aunque ha pasado mucho tiempo
desde entonces, aún veo por la noche a los cuerpos de mis amigos en el
desierto. El mío está entre ellos". "El objetivo de Esodi no es solo
explicar la situación a través de los datos, sino usar los relatos de los
protagonistas para que los demás entiendan lo que viven", sostiene Alberto
Barbieri, coordinador general de MEDU. En muchos aspectos, lamentablemente, el
mapa no difiere mucho de la edición anterior.
La agravación de la crisis libia,
sin embargo, ha contribuido a empeorar el cuadro. "El 90% de los
testimonios recogidos entre los migrantes en tránsito están salpicados por
relatos de abusos y tortura", según Barbieri. "El panorama retratado
por el mapa refleja un fenómeno complejo, en el que intervienen factores como
el calentamiento global, las hambrunas, el crecimiento demográfico. Podemos
tapar de manera temporánea el problema, pero volverá a presentarse si nos vamos
a la raíz del problema", mantiene el experto. En los primeros ocho meses
del año, el número de embarcaciones que han cruzado el Mediterráneo entre Libia
e Italia se desplomó un 20% frente al mismo periodo de 2016, tras la firma de
un acuerdo que delega la solución del problema a la excolonia italiana,
reforzando la guardia costera con fondos de la Unión Europea. MEDU, sin
embargo, estima que hay al menos 400.000 personas "atrapadas" en el
país norteafricano en centros de detención extraoficiales gestionados por
milicias clandestinas y traficantes de personas. "Es necesario que la
comunidad internacional intervenga para crear centros de acogida en los que se
respeten los derechos humanos", indica Barbieri. "Si no lo hace,
significa que considera a los migrantes personas de segunda categoría"
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