Padres, hijos, hermanos... Se
separan a menudo durante los procesos migratorios.
El
derecho a la reagrupación debe garantizarse siempre.
19 de enero del 2017
PRE-IMPACTO.
Estuve
en lesbos por primera vez hace exactamente un
año, y desde entonces he conocido y escuchado a cientos de refugiados en mis
visitas a los campamentos de la isla, así como a los de Skaramangas y Schisto,
dos localidades situadas muy cerca de Atenas.
A lo largo de este año se han escrito centenares de historias sobre las
familias de refugiados que llegaban a Europa en busca de protección.
Nosotros queríamos escribir un reportaje sobre aquellas de las que no se había
oído tanto. Queríamos dejar constancia de las historias de los que se separaron
en algún punto a lo largo de su camino, de los que lo único que querían era
encontrar a su familia dividida, e identificar las políticas europeas que han
sido y siguen siendo incapaces de reunirlos.
La situación actual en
Grecia
A partir de marzo, a raíz del cierre de la ruta
de los Balcanes occidentales y el acuerdo entre la Unión Europea y Turquía, el número
de refugiados que llegan a Grecia ha permanecido más o menos estable, pero no
ha cesado. Actualmente, en total hay más de 60.000 solicitantes de asilo
atrapados en el país, la mayoría viviendo en condiciones desastrosas. Unos
47.000 llegaron antes del acuerdo de la UE con Turquía y viven en el
continente. Otros 16.000, aproximadamente, lo hicieron después, y han tenido
que quedarse en las islas, donde duplican la capacidad de las instalaciones.
Las islas se han convertido en cárceles al aire libre para los refugiados. Las
dos únicas posibilidades legales que tienen de salir de Grecia y viajar a otro
país europeo es mediante su traslado, o —más importante— a través del programa
de reagrupación familiar. Pero el procedimiento es extremadamente lento,
injusto e ineficaz, y está dejando a miles de personas varadas en Grecia con
una sensación de ausencia de perspectivas y desesperación. Los testimonios que
he escuchado lo confirman.
IMPACTO:
Familias separadas
Cuando empecé a entrevistar a los refugiados para
el proyecto de investigación Separados, descubrí que ellos
tenían más preguntas que hacerme a mí de las que yo quería formularles a ellos.
Estaban desesperados por recibir información sobre su futuro. Querían conocer
los procedimientos, sus derechos, y qué opciones tenían. Se preguntaban cuánto
tiempo tendrían que esperar aún, qué estaban esperando exactamente, y si
volverían a ver alguna vez a sus familias. Yo sabía que, si conseguía darles
respuesta, les ayudaría a sentirse más seguros y disminuiría su ansiedad y sus
temores. Estaba triste, ya que no tenía información que pudiese servirles de
consuelo.
Entre 2008 y 2014, el 30% de los permisos de
residencia concedidos en la UE a ciudadanos no pertenecientes a la Unión
tuvieron como finalidad la reagrupación familiar
Destrozados y
enfrentados a los obstáculos burocráticos y a los prolongados retrasos, algunos
refugiados se disponían a recurrir de nuevo a los crueles traficantes de
personas y arriesgarse a emprender otro peligroso viaje para encontrarse con
los suyos. “¿Cree que es peligroso que vaya a pie a Austria con mi hija para
reunirme con mi hermano, que vive allí?”, me preguntaba una mujer siria cuando
la entrevisté el pasado mes de mayo. Estas son las preguntas más perturbadoras
y difíciles de contestar. Su reacción a mi respuesta afirmativa me dejó de
piedra: “Pero, si he conseguido llegar andando desde Irán hasta Grecia, seguro
que esto también lo consigo”.
En ese mismo
momento, una familia separada de uno de los campamentos busca la oportunidad de
viajar clandestinamente a Holanda e intentar reunirse allí con el resto de sus
miembros. Me piden mi opinión. ¿Deberían intentarlo? Les digo que la idea es
arriesgada y que no deberían ir, no solo porque de verdad lo creo, sino también
porque me parece que es mi obligación respetar las normas y los procedimientos.
Pero, cuando salgo del campamento, al mirar atrás y ver esa enorme superficie
inhumana, intento ser sincera conmigo misma y pensar qué haría yo si me
encontrase atrapada en ese limbo. ¿Sería lo bastante paciente para esperar
meses, tal vez años, hasta poder reunirme con mi familia y empezar mi vida de
nuevo? ¿Cómo me sentiría si supiese que mi hijo menor de edad vivía solo en una
campamento de Alemania y yo estuviese bloqueada a 1.500 kilómetros de allí?
¿Antepondría mi familia a todo lo demás, igual que ella me antepone a mí?
Pensando en esto
me viene a la memoria una de las conversaciones más vívidas, y, todavía hoy,
desgarradoras, con una mujer llamada Naime. La mujer me contó que su marido
había muerto solo dos días antes de que yo la conociese. Era diabético, y en el
campamento no pudieron encontrar insulina, así que murió por un fallo renal.
Los dejó a ella y a dos hijos de 19 y 14 años que la esperan en Alemania.
Salieron de Irán todos juntos, pero en la frontera turca los separaron y los
padres se quedaron atrás. Me dice llorando que su marido quería ver a sus hijos
una última vez antes de morir. No pudo. Sé que debería haberme puesto triste al
oírlo, pero mi indignación se impuso a mi tristeza. ¿Cómo podemos dejar tiradas
tan cruelmente a esas personas? Cuando escuché la historia de Naime en mayo,
ella ya llevaba muchos meses en el campamento. Cuando volví hace unas semanas,
allí estaba otra vez. Increíblemente, seguía esperando a que su caso recibiese
el visto bueno.
Las dos historias
se mezclan en mi mente hasta que ya no soy capaz de distinguir qué está bien y
qué está mal en este dilema personal. Pero lo que sé seguro es que nadie
debería tener que tomar nunca una decisión así. En teoría, Europa y sus Estados
miembros están firmemente comprometidos con el respeto al derecho a la vida de
las familias, que también cuenta con la protección de la normativa en materia
de derechos humanos y la legislación internacionales. Pero, en la práctica, no
siempre están a la altura de estas obligaciones, como vi con mis propios ojos
el año pasado. Puede que, en el mejor de los casos, estas familias de
refugiados ahora estén viviendo en el mismo continente, pero sus vidas
cotidianas paralelas son mundos aparte.
Los obstáculos:
Uno de los
principales obstáculos que impide que las familias se reúnan es la definición
excesivamente estricta de qué constituye una “familia” en la legislación
europea. Se define como miembros de la familia únicamente a la pareja casada (o
no casada, si las prácticas del país lo permiten) y a sus hijos menores. Con
ello no se tienen en cuenta las necesidades y las relaciones humanas realmente existentes
y, en la práctica, se separa a los padres de sus hijos adultos y se divide a
los hermanos, así como otras redes de apoyo cruciales, importantes no solo para
los propios refugiados, sino también para las sociedades en las que estos
acabarán integrándose. Las personas vulnerables, como las mujeres que viajan
solas con menores de edad, los ancianos o los discapacitados, pueden quedarse
sin las redes familiares de apoyo de las que dependen y que podrían haberlas
ayudado a instalarse mejor en sus nuevos países. El impacto humano de todo esto
es muy negativo y tiene peligrosas consecuencias para el bienestar y la vida
diaria de los refugiados.
Otro grave
problema es la duración del proceso de reagrupación, que parece —y, en
ocasiones, lo es efectivamente— eterno. He hablado con personas que han
esperado más de nueve meses a que las reuniesen con los miembros de su familia.
Estos lapsos de tiempo tan prolongados son dolorosos en extremo, sobre todo
para quienes intentan reunirse con sus hijos pequeños que están viviendo en
otro país sin ningún familiar adulto, un situación muy frecuente dado que más
de una tercera parte de los recién llegados el año pasado eran niños, que a
menudo llegaron sin acompañantes. También están los que tienen pequeños con
necesidades especiales o con problemas de salud, o los que están esperando un
hijo. Este era el caso de Mahdi, un refugiado iraní que vive en Suecia. Su
mujer embarazada viajaba sola, y cuando yo los conocí, llevaba más de cuatro
meses atrapada en Atenas. Estaban tan ansiosos por volver a reunirse y tener a
su primer hijo en familia que él se tomó 20 días de su trabajo y se fue al
campamento para llevarla con él a Suecia. Pensó que eso era lo único que tenía
que hacer. En un sistema insensato e irracional, una persona totalmente cuerda
pude intentar cometer actos disparatados para conseguir su objetivo.
POS-IMPACTO.
La necesidad urgente de reformas
En los últimos
años, la reagrupación familiar ha sido parte integrante y fundamental de las
políticas de inmigración de la Unión Europea, y una manera importante de
encontrar vías seguras y legales de entrar en la Unión Europea para las
personas que viven en situaciones precarias. Entre 2008 y 2014, aproximadamente
el 30% de los permisos de residencia concedidos en la UE a ciudadanos no
pertenecientes a la Unión tuvieron como finalidad la reagrupación familiar. No
podemos permitir que esto se deteriore. Tenemos que pedir a las autoridades que
garanticen que se proporciona a todos los refugiados la protección que
necesitan y que su derecho a la vida en familia y a la reagrupación familiar se
salvaguarda en la mayor medida posible.
Uno
de los obstáculos que impide que las familias se reúnan es la definición
estricta de qué constituye una “familia” en la legislación europea .
La familia es el
mecanismo de apoyo mínimo y esencial para la mayoría de nosotros a veces me
aburra en las cenas familiares, pero sé que, en los momentos de desesperación,
siempre recurriré a ella. Es urgente que los países europeos trabajen más y
garanticen que las personas que lo han dejado todo y no tienen nada, al menos
tengan acceso a su red familiar de apoyo. Ninguna familia debería ser separada
innecesariamente.
Es impresionante lo que se comenta en este blog acerca de la migración de personas y la separación de familias. Es muy triste ver cómo viven en estas condiciones, además de que están lejos de quienes más quieren.
ResponderBorrarMuy buena información y muy reflexiva acerca del tema. Esperemos pronto se puedan resolver estas situaciones tan lamentables que se viven en estos determinados lugares.